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PostHeaderIcon Rubios cabellos

 

La luz del alba empezaba a filtrarse entre el cortinaje que ocultaba las ventanas rociadas de agua perlas aquella madrugada en que perduraba en mi sueño tu intenso perfume.  Apenas entreabrí los ojos para no despertar del encantamiento.  Tu cabellera dorada cubría entera  la almohada sobre la que descansaba rendida tu tez sonrosada.   La flor solitaria que te conquistó en la víspera yacía tendida sobre el velador al lado tuyo como muda testigo de tu entrega.  Sus pétalos titilaban con tu aliento. 

 

Sin duda la noche anterior seguía dibujada en la luna que iluminó tu piel matizada por la magia del arcoíris.  No sé como llegaste ni en qué momento, solo apareciste, como una Diosa desprendida del Olimpo.   Solo recuerdo haber sentido el penetrante aroma de tu cuerpo que dejaba desparramado en el ambiente un halito desafiante y sensual.   Todos volcaron la mirada hacia ti y tú no miraste a ninguno.  Eras como un espejismo que brotó de la nada y de pronto cobró vida iluminando a tu paso el ámbito antes sombrío con el destello brillante de tu pelo rociado por los rayos del Sol.  Dudo aún si fue más mi imaginación que hizo el encanto o fue sencillamente todo mágico.  Encontré tus ojos en los míos y no pude más bajar la mirada.  Confieso que mirarte era todo un desafío pero poco a poco fui cayendo rendido en el dulce hechizo de tus pupilas fulgurantes.  Y ambos desaparecimos en una pompa gigante que rodeó nuestros cuerpos para transportarnos a mi habitación que ese instante era también tuya. 

La noche se encargó de proseguir el ensueño que se prolongó entre susurros y caricias que solo se esfumaron en el aura sideral del amanecer.  La ventana entreabierta dejaba penetrar el aroma del rocío suavizado por el cortinaje perfumando más aún tu cuerpo sudoroso y rendido.  Yo no sentía el mío.  Un adormecimiento sumiso y dócil me había poseído desde el inicio de la mágica velada.   Solo tenía ojos para contemplarte, admirar tus candentes formas que reposaban sobre la sábana que apenas te cubría. Mi olfato débil percibía sin embargo las esencias esparcidas en la habitación. El cansancio finalmente me venció y cerré los ojos brevemente.  Al volver en mí quedé estupefacto.  Te habías simplemente desvanecido.  Finalmente me atrapó un sopor profundo en el apareciste repetidamente una y otra vez.  Ahora despierto, pienso que tus rubios cabellos solo fueron parte de un sueño.

Actualizado ( Martes, 24 de Julio de 2012 08:07 )

 

PostHeaderIcon EN LA CIMA DEL CERRO

Fotografía:  Juan Carlos Mendizabal Fierro 

Desde tu amanecer impío hasta tu anochecer sombrío, tu magia embriagadora me domina. Cuando bajo temprano por la empinada cuesta que cuelga de mi puerta a comprar mi mañanera marraqueta, mil nuevas ilusiones iluminan como soles el estrecho camino hacia la centenaria tienda que solo vende pan de madrugada. Lejano y sonoro escucho el llamado de un pututo que ha adormecido para siempre el tañido añorado de las campanas del rocío. Entonces me apresuro a realizar mi compra vespertina evitando hablar con el vecino. Es la prudencia que antecede al miedo, el miedo del vecino de poder hablar conmigo.

Porque La Paz ya no es la misma. Se han apoderado de tu majestuoso imperio voces que no cantan el melancólico soplido de tu puna. Entre el adormecido Illimani y el quejumbroso Illampu no suenan más las heladas brisas cantarinas que enfriaban mis sueños pero despertaban mis días. Hoy solo se escuchan voces que gritan.

Habrán transcurrido siglos o simplemente años, habrán pasado los días entre el pasado y tu presente desconcertante y emotivo, desde ancestrales culturas quizás nunca conocidas, enterradas en tus manglares congelados a cuatro mil metros de altura.

De vuelta, apeando la bolsa crujiente del desayuno y en cansino ascenso, me pregunto cómo nos permitimos llegar a este ridículo extremo. Es todo un misterio. Solo la estridencia ventosa del alarmante instrumento quiebra el silencio; un pututo indio o un indio pututo.

Me doy la vuelta cuidando de no caer en el vacío y miro desde el cerro La Paz entumecida; la hoyada enmudecida.

Ensombrecidos entre oscuras y manchosas nubes grises , reposan durmientes el Illimani y el Illampu a lo lejos. Recostada La Paz a su regazo, ciudad por siempre amanecida, duerme apaciguada pero escucha estremecida el ruido delirante del pututo.

Pero en la cima del cerro, aún queda agazapado y límpido el cielo.

Actualizado ( Martes, 24 de Julio de 2012 08:04 )

 

PostHeaderIcon LA DAMA DORADA DEL AMANECER

 

  Fotografía: Juan Carlos Mendizabal Fierro

      Madrugadora incansable de la aurora.  Te levantas silenciosa aspirando el candente olor de tu cuarto donde los sueños todavía no terminan.  Tus pasos solo los percibe el infinito.  El aire es un silbido tenue que penetra por la cerradura iluminada por el primer rayo del sol.  El cielo aún oscurecido cubre tu partida.  Es el último encuentro entre la noche y la mañana.

      Y desciendes triunfante  desde LA CIMA DEL CERRO detentando orgullosa tu vestimenta dorada, mágica pollera adornada de jaspes multicolores y enaltecida con las joyas invisibles del oribe.  Adornados encajes mecen armoniosamente tu ofrenda matutina.  Llegas con la brisa ondulante de La Paz aún dormida y pasas enfrente,  iluminando con tu atuendo  la plazuela Alexander desde donde te miro.  Centenario lugar que alberga en su única esquina la ancestral fricasería donde se gestaron las mil y una revoluciones que alteraron el carácter pacífico, ensoñador y soñoliento de tu raza.  Pero no te detienes, tu paso apresurado te conduce a empezar tu labor matutina.  Incansable vendedora de ensueños.  Tu virtud consiste en alegrar el espíritu de los inocentes con la sabiduría que la vida te ha dotado.  Describes cada producto de tu venta como si lo hubieras elaborado con tus propias manos, manos laboriosas de niña, madre, mujer;  guerrera tenaz al fin.

      Admirable convencimiento que te despoja prontamente de la fugaz mercancía que pasa a otro dueño.  Mezcla de ritos y creencias, primero te persignas en protocolar agradecimiento al Dios que se te ha impuesto y luego inclinas la cabeza para retribuir a la madre tierra.  Vives entre el cielo y las entrañas de tu mágico Universo.  Profunda religiosidad implantada con los siglos de la conquista y mítica raigambre heredada del Sol, la luna y las estrellas. Contradicciones entre el pecado terrenal inculcados por el inquisidor y tu pertenencia innata a la madre tierra.   

      Respetable señora del alba, tus actos matutinos ennoblecen aún más la silenciosa labor de las mujeres que como tú remecen las luces todavía incoloras de las auroras siderales cuando aún  dormitan apaciblemente sus hijos mientras velan celosamente sus sueños; guardianes angelicales.

      Después de haber imaginado tu rutina, te pierdo de vista desde la plaza Alexander  y te respeto más aún.

PORQUE  ANTE  TODO  ERES  MADRE

Actualizado ( Martes, 24 de Julio de 2012 08:05 )

 

PostHeaderIcon Carta a mi hijo

Hoy después que el tiempo ha desatado su furia incontenible contra mi indefensa existencia, contemplo tu límpida imagen que se refleja en las cerradas ventanas de mi solitaria habitación. Veo repetidamente mi rostro contraído y también te veo a ti, pequeño aún pero fuerte, de alma robusta, noble, e inocente.

Y vienen a mi mente los incontables episodios en la que transcurrió mi vida que siempre trate de envolverla de alegría aunque de por medio se cruzo a veces intolerante el infortunio, que nunca fue un obstáculo y tampoco me venció.

Por esto no trate de inculcarte ejemplos sino de compartir mis vivencias que tu amor y tu inocencia muy bien las absorbieron.

Inventamos juegos para estar unidos, para reír juntos de tales desafíos. Enfrentarte, pese a los años transcurridos, para mí es un reto porque deseo descubrir lo más sutil de tu aprendizaje.

Seguramente no fui el mejor maestro, pero la inmensidad de mi amor por ti pudo más que la calle y el colegio. La experiencia acumulada de dicha e infortunio se nutrió de la sabiduría de la vida. Y aun estoy fuerte pese a los años recorridos para compartir contigo los juegos que sellaron mi destino, que hoy contigo, seguimos inventando.

Para mi eres el mágico espejo en que se refleja mi esplendida niñez y adolescencia y te quiero más aún porque eres la vitalidad que me hace mas fuerte cada día.

Tus rebeldías también fueron las mías, tus caprichos son el normal devenir de la existencia, pero tu inmenso amor solo es fruto recogido del árbol que tu hogar lo ha cuidado y bendecido.

Quisiera penetrar tus pensamientos pero solo a ti te pertenecen, desearía ayudarte a vencer tus Infortunios que a tu temprana edad te asechan pero me impide un respeto insoslayable de hacerte a mi imagen porque tu vida es solo tuya y mis errores no deberán ser jamás los tuyos.

Solo deseo, en mi ausencia no muy lejana, que vuelvas de muy lejos a caminar los recodos imaginarios que juntos recorrimos, que no brote una lágrima y te inunde la risa con que abundé tu vida y habrás de abrazar mi alma plena de alegría, aunque tú serás siempre para mí el motivo sin fin de mi desvelo.

TE AMO

Actualizado ( Martes, 29 de Noviembre de 2011 19:59 )

 
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